
Un inocente murió. Todos los días mueren decenas de miles de inocentes, y no son noticia. Tampoco éste lo será, por cierto. Su cuerpo exhánime no es hoy sino un dato más, un número, o ni siquiera eso, en medio de los tantos datos y números y teorías y discursos y declaraciones y buenas intenciones y acusaciones recíprocas y todo aquello que se estila que se llene con palabras cuando se trata de una guerra. Una guerra acerca de la cual este inocente nada sabía. No nos interesa a nosotros saber a cuál de los bandos pertenecía. El ni siquiera sabía acaso que pertenecía a un bando. Y si lo sabía, no tenía la menor idea de por qué.
En estos días la lista de envíos de correo electrónico del grupo de docentes de Ciencias Sociales tiene por común denominador la guerra en medio oriente. Palabras y buenas intenciones y discursos que pretenden... no se entiende bien qué. No alcanzo a comprender cómo puede intentarse el menor análisis frente al horror. No comprendo cómo puede haber lugar, en el horror, a otra cosa que no sea el espanto.
Hay quienes hablan a favor de unos, y quienes lo hacen defendiendo a otros. Y ninguno parece comprender que el error reside en suponer que haya unos y otros, cuando se trata sólo del hombre peleando contra el hombre. El horror encarnizado en seres que alguna vez se pretendieron humanos. La historia que se repite, una vez más. La vergüenza. Y la imposibilidad de traducir en palabras lo que sucede.
Hay momentos en que ningún análisis es lícito. Hay momentos en que el horror lo ocupa todo. Momentos en que sabemos que todavia nos falta demasiado por aprender y no sabemos cómo explicarlo. Momentos en que la docencia, la comunicación, la humanidad, cobran valores tan singulares como extraños. Momentos en que cualquier palabra de más que se pronuncie equivale a una obcenidad.