viernes, abril 22, 2016

Anécdotario: Pasar vergüenza.



Creo que esto puede dar lugar a algo divertido. Porque además, ¿quién no ha sido protagonista de esta clase de episodios? Les pido, simplemente, que en los comentarios a esta entrada me/nos cuenten esa historia, la de lo que te sucedió aquella vez en que te quisiste morir de la vergüenza.

La idea es, por un lado, verificar que a todos nos suceden este-tipo-de-cosas. Y en cuanto a la parte académica, resultará evidente que detrás de cada situación en la que se haya planteado un sentimiento de vergüenza seguro aparecerá como una constante la mirada, real o potencial, de algún otro, invariablemente presente, juzgando, objetivizando, diciendo o, esto a veces es peor, callando lapidariamente.

Nota al margen: Las cosmogonías siempre son ilustrativas, y es interesante verificar, en este sentido, que en nuestra cultura mítica los primeros seres en sentir vergüenza fueron, supuestamente, Adán y Eva. Esto les pasó ante la mirada de Dios, en el momento de saberse desnudos. Pero resulta que antes de comer el fruto prohibido, el del árbol de la sabiduría (dato curioso: hablamos del bien y del mal, representados a través de la metáfora del saber), ellos eran inocentes... y por ende también desvergonzados. Es la cultura (la sabiduría encarnada en la cultura) la que hace nacer en ellos (en todos nosotros) la vergüenza. No necesariamente al sabernos desnudos, sino al sabernos mirados.

Cuenten y lean, reflexionen y opinen...

19 comentarios:

Anónimo dijo...

Ok. Alguien tiene que ser el primero... Me dieron ganas de orinar. Muchas. Uno no se da cuenta de cuándo empiezan las ganas de ir al baño, sobre todo cuando estás dormido. Y como estaba dormido, me aguanté. Primero porque al principio por ahí no tenía TANTAS ganas. Y además porque era invierno, y hacía frío, y yo estaba bien tapado y calentito debajo de las mantas. Pero al rato de estar esquivándole el bulto a la necesidad, las ganas se hicieron insoportables: comencé a sentir esa típica presión a la altura del bajo vientre que te indica que ya es hora de orinar, y que por más que quieras estirar más el momento no vas a poder. Así que medio dormido como estaba me ocupé de llegar hasta el baño, a fin de descargar la vejiga, llena de líquido caliente y ansioso, ligeramente amarillo, y fue maravilloso encontrar el baño desocupado, incluso templado, como si alguien se hubiese tomado el trabajo de mantenerlo tibio, cosa muy curiosa a esa hora de la madrugada. No recuerdo si era un baño público o si era el baño de mi casa, y en realidad mucho no importaba, porque lo único importante en ese momento era estar al borde del anhelo, y cuando ya todo estuvo listo, y luego de un último instante de contención... el cálido y cristalino líquido amarillento comenzó a fluir, para enorme satisfacción del cuerpo, que de a poco se relaja, mientras el manantial fluye... Todo muy gratificante. Pero de pronto la sensación de humedad. La oscuridad. El desconcierto. Un escalofrío. El colchón, convertido en una laguna debajo de las mantas. Y la comprensión atroz, ineludible, de lo que acababa de suceder. Pero además, ya ahora con la luz del velador encendida, la evidencia de que lo peor está todavía por llegar. ¿Cómo despertar a esa mujer, que duerme profundamente justo al lado, al borde del arroyo, el charco, el océano, despertate mi amor, que hay que cambiar las sábanas, no, no me preguntes nada!... Pero sí levantate, porque... ¿Dónde hay sábanas limpias? ¡Ay!... ¡El colchón nuevo!... No sé que decirte... Te juro que nunca me había pasado algo así...

Anónimo dijo...

Durante el 2015 estuve trabajando en una empresa productora de eventos. El hotel sheraton fue el lugar donde se realizó el primer encuentro del que fui parte. Mas de 300 personas de distintos puntos del país se reunian a debatir y compartir ideas sobre sus empresas, y enseñarle a los demas la mejor manera de explotar a sus empleados. Es decir, algo que muy poco me interesaba.
Durante los cortes se servía cafe en el ingreso al salon, donde también se ubicaban los stands de los distintos sponsors que convocaban a la gente a participar de distintos sorteos. Los ganadores iban a ser anunciados en el escenario, antes de comenzar la ultima conferencia.
No creo necesario contar la nefasta empresa en la cual trabajaba, pero su poca profesionalidad hizo que tenga que ser yo quien suba al escenario a hacer el sorteo.
No fueron tantos los nervios ya que, por viejas experiencias frente a la guitarra y el micrófono, no era la primera vez que tomaba la palabra arriba de un escenario.
El problema surgió cuando, de 350 personas que habia en ese momento, una señorita ganó dos sorteos consecutivos. Si, yo estoy contando eso, el mismo que nunca gano prácticamente nada. La casualidad estaba latente, y la improvisación aun más.
Esperando instrucciones que no aparecian de parte de mis compañeros, empecé a sentir como aumentaba el murmullo de la gente. Una clara suma de distintos factores que fueron saliendo mal durante el evento, y este sorteo que sirvió como frutilla del postre.
Ya he dicho que no me faltaba experiencia para subir arriba de un escenario y tomar un micrófono. Pero la sensación de tener a 300 personas abucheando, por la decisión de no entregarle el premio a la ganadora, con el fin de que otra persona se lo lleve victoriosa a su casa, es inolvidable. La temperatura de mi cuerpo empezó a subir intensamente. Me cara, roja como un tomate, expresaba la incomodidad de la situación. Bajarse del escenario no era una posibilidad, restaban 4 sorteos por realizar. Y yo, el nuevito, estaba pasando una de las situaciones mas incomodas de mi vida.
Hasta el último minuto del evento, distintas personas se acercaron a mi para señalarme la mala decisión que habiamos tomado entre todo el equipo, pero de la cual yo era la cara referente. Hasta el mismo dueño de la empresa que realizó el torneo, que no apareció en el incómodo momento, me reprochó la decisión.
Como frutilla del postre, la gente debia llenar un formulario acerca de su conformidad con el event. En el espacio "otras sugerencias" encontré distintos recordatorios de esa inolvidable situación.

Anónimo dijo...

Me da mucha vergüenza admitir mis debilidades. El amor es una de ellas, si no la más fuerte.
Después de un año de salir con un chico, estábamos de viaje y yo sentía que si no le gritaba en la cara que lo amaba, se me iba a salir el estómago por la boca. Él se fue caminando delante mío y se metió en un bosque (sí, muy romántica la imagen, pero es posta) y yo lo dije: te amo, te amo, te amo. Sentí alivio.
Pocas noches después estábamos en su cama por dormirnos y me empezó a discutir una boludez, ya ni recuerdo. Yo a eso respondí "Me parece que entonces deberíamos empezar a hablar de ciertas cosas" y él respondió "Sí. Te amo."

Me metí abajo de la cama, me hice una bolita y no salí por 20 minutos. No le respondí nada esa noche, sentía sus piernas temblando al lado mío en la espera de una reciprocidad pasional o un rechazo asesino, pero yo no dije nada. Muchos días después, en el medio de una cena, le dije que "yo también", y me tuve que ir al baño a encerrarme para poder volver a respirar.

Anónimo dijo...

Nota al margen: me dio mucha verguenza escribir esto.

Anónimo dijo...

¿Por qué te va a dar vergüenza, si total lo escribiste de manera anónima?

(Firmado: Otro anónimo, que no es el mismo anónimo de más arriba...)

Anónimo dijo...

La verguenza también es conmigo. Supongo que es eso. (faaaaa, será la misma anónima o es otra? quien sabe)

Anónimo dijo...

En esta entrada todos somos anónimos. Todos.

Anónimo dijo...

No se si siento vergüenza de contar esto, si puede que me sienta medio boludo por ser el protagonista de estas cosas. Puedo armar un ranking de cosas que en ciertas circunstancias me dieron vergüenza. ¿Empezamos?
-Vacaciones con amigos, llegas a la costa y lo primero que haces ¿Qué es?, ir a la playa corriendo cuál desquiciado para tirarte al agua... Si, pero para hacerlo más interesante nada mejor que una carrera para ver quién es el primero que se mete al agua. El problema es que uno no sabe que hay debajo del agua hasta que llega al agua. Situación vamos los tres corriendo y me tocó llegar en tercer lugar a unos 3 segundos de diferencia del segundo. Yo fui testigo de mi propia caída al ver como mis dos amigos que iban por delante mío se comieron terrible olla que el mar había dejado de la mañana de aquel día. Vi como se cayó el primero, vi como se cayo el segundo y al terminar de verlo me caí yo mismo. No hay chances de frenar cuando hay tres segundos de diferencia entre tres caídas. Lo que sí brindamos con mis amigos un show de caídas cuasi coreográficas. Al salir del agua, las risas fueron inevitables. Así empezamos las vacaciones mejor no contar como las terminamos.
-Me solidarizo con el anónimo que contó su vergüenza con el baño. Mi caso involucra baño pero no a ese nivel. Fui a comer a un templo muy copado, donde los platos son magníficos. Un silencio distintivo y una estructura monumental. Aunque después de comer tuve que ir al baño para lo que en la jerga se dice "vaciar la cañería". Con apuro y por puro reflejo ingresé al baño y me metí en un cubículo ante la ausencia de los mingitorios. Escuché gente ingresar al baño pero continué con mi asunto. Al finalizar salí del mismo y percibí la mirada increpante de dos mujeres que iban a entrar al baño. Me dio mucha vergüenza y me sentí como un boludo pero continué. A mi favor estaba que la puerta no tenía cartel de dama o caballero; en mi contra estaba que las paredes del baño de mujeres era rosa y el de hombres era celeste. Al llegar a la mesa pagamos y nos fuimos.
- Última? porque sino sigo... Salí de trabajar como a las 15hs y me cambié porque no iba a andar por la calle con la ropa del trabajo y porque no daba que todo el mundo me vea así. Aparte para pedalear con la bici es mejor ir vestido de deportivo que con un pantalón de vestir. Cuestión que al salir del vestuario, te cruzas con tus compañeros de trabajo (50 o 60 compañeros aprox), y varios/as se te ríen en la cara y vos ni mierda entendes el porque. ¿Soy un payaso, tengo un moco y no me di cuenta? Risas sin entender. Llego a casa, voy de compras y las risas del trabajo me persiguen pero en las caras de las personas que no me conocen y me ven de lejos (o pasan por mi lado). Finalmente ocho de la noche me doy cuenta de que me había puesto el short deportivo al revés cuando metí las manos en los bolsillos y observé que la posición de los bolsillos era rara. Además de que el escudo del Barcelona y el número 6 estaban por encima de mis gemelos. Más gil y más vergüenza no pude sentir al día siguiente cuando volví al trabajo.

Anónimo dijo...

La anécdota del baño me hizo recordar una experiencia. Ya había ido varias veces a la casa de mi amiga (que en esa época vivía con sus 4 hermanos, 2 sobrinos, la madre y siempre tenía algún invitado), conocía el baño pero nunca había tenido que hacer la "opción número 2". Siempre trato de aguantar porque me pone incómoda pero esa noche me iba a quedar a dormir así que no tenía alternativa. Fui, medio nerviosa, y cuando llega el momento de borrar mis rastros... no se iban. Esperé a que cargara el agua, volví a tirar la cadena y ahí seguían. No quería salir sin decir nada porque quien entrara después se iba a pegar una desagradable sorpresa y encima iba a saber que la culpable había sido yo. Tampoco quería decirle a mi amiga lo que había pasado pero finalmente no tuve opción.

Alguien dijo...

"...finalmente no tuve opción..." (...y dejé todo ahí como estaba, sin decir nada y poniendo cara de yo no fui.)

Anónimo dijo...

Para empezar a describir mi anécdota llena de vergüenza tuve que leer todos los comentarios anteriores para ver cuál de mis anécdotas encajaba mejor y no ser "muy muy ni tan tan" porque me daría vergüenza, aunque es anónimo todo esto, ya se, pero uno nunca sabe.

También antes de empezar a escribir esto puse en el grupo de whatsapp de las chicas (sí, soy mujer): "¿che, alguna se acuerda alguna que me haya mandado de muuuucha vergüenza? Se que tengo mil, pero el cerebro me las borra, y seguro alguna de ustedes estaba" lo bueno es que tiré tema de conver en el grupo y ahora estamos recordando anécdotas divinas (para que se den una idea, me recomendaron situaciones que involucran cosas como "cuando nos descubrieron que nos robamos la muñeca inflable en Gualeguaychú / cuando aterrizaste en la bolsa de basura en Mar del Plata / cuando quisiste convertir el 3 de Ornella en un 8 en las actas y te agarró la profe"

Elegí la última, fue terrible: era el año 2011, estaba en mi último año de colegio. Ya había pasado el viaje de egresados a Bariloche, el uniforme del colegio privado estaba buenísimo, eramos lo más grandes, en fin, nos creíamos los dueños del mundo.
Estaba terminando la cursada y a Ornella (una amiga) le clavan un 3 en matemática, en realidad se sacó un 3 en matemática pero está escrito en la constitución del estudiante que 4 para abajo es "me clavó" y 4 para arriba es "clavé". Vuelvo, le ponen ese 3 en el acta, ni siquiera el boletín, el acta, el papel legal.

Me cuenta de esta situación y yo vi el momento ideal para ayudarla. Me metí en preceptoría (era como una pecera de vidrio gigante) en el recreo y le dije a un amigo que me avise si "venía alguien" porque iba a convertir ese 3 definitivamente en un 8. Era facilísimo, dos pancitas al tres y tema resuelto.

Lo hago, sale todo bien, pero Ornella se llena de culpa y se arrepiente. Otra vez vi la situación ideal, y dije "lo voy a arreglar" sin mejor idea que arreglarlo con Liquid Paper (un papel legal no se corrige así, se tiene que cruzar una línea que permita leer lo que se corrigió y "salvarlo" en la parte de atrás con firma y sello y bla bla bla) pero yo le puse corrector líquido. No sólo eso, mi amigo no me avisa y aparece LA VALEIRO.
Nota al margen: "La Valeiro" es una profesora que aún ejerce asíque tal vez este apellido no sea el real, o tal vez sí porque le calza perfecto. Es una profe de DERECHO, que tiene mayor afinidad con gente que no sea yo.

"Safé que a mi amigo lo ama" pensé cuando nos apareció, bajita y con su peinado rubio. Con la boca medio de costado, como la mueca que hace uno cuando dice algo de lo que está muy seguro y canchereando, con su voz de haber fumado mucho, dice: "Ah, de Germán no me lo esperaba, pero de -miapellido- si"

Me puse bordó.
Decí que tenía buena onda con la directora y no me suspendió.

Que se yo, la Valeiro todavía no me saluda cuando me cruza.

Anónimo dijo...

Todos nos caímos en público alguna vez. Por lo tanto, todos comprendemos la sensación del rostro al rojo vivo y a punto de explotar.
Así mismo, alguna vez todos nos reímos de alguien que se cayó. Por eso, y solo por eso, perdono a todo el boliche que se rió a carcajadas cuando bajé de cola -como con un trineo pero sin el trineo - la interminable escalera de Pacha en Bariloche.
Cabe aclarar que no estaba borracha, por lo cual pude sentir la vergüenza con los cinco sentidos. Se incrementó aún más cuando levanté la cabeza para levantarme y había diez extraños diferentes preguntándome si estaba bien.
Y por supuesto, no termina ahí. Termina cuando un joven bondadoso me dice:
- Acomodate la pollera nena.

Anónimo dijo...

Podría decir que que uno de los anónimos de más arriba haya terminado el colegio en el 2011 y yo en el 2007 me da vergüenza y sacarme esta cuestión de encima, pero como veo que la temática “control de esfínteres” es un boom voy a optar por esa opción (en semi-anonimato porque nuestra lengua delata el género, pero bueno).
Esto pasó hace dos años. Me había juntado con un grupo de amigas y amigos a tomar unas birras en la casa de uno de ellos. También habían ido algunos amigos del muchacho en cuestión a quienes ya conocía y con los que yo tenía muy buena onda pero no sé si una “amistad” (lo que implica una situación de confianza, que hubiese sido bastante útil en esa oportunidad).
La cuestión es que cuando nos fuimos, cerca de las 5 de la mañana, yo me iba a volver caminando con uno de estos pibes “no amistad” porque vivíamos cerca y para el mismo lado. Resulta que no habíamos hecho ni una cuadra que yo me empecé a sentir mal, con la presión baja. Supe enseguida que era eso porque, de por sí, tengo presión baja y suele bajarme aún más (tengo unos cuántos desmayos en mi haber, varios de los cuales podrían ser usados para esta consigna también). Le dije que me iba a sentar un minuto porque no me sentía bien y él enseguida paró un taxi porque se ve que el color de mi cara no era demasiado alentador como para seguir caminando. Me subí al auto, bajé la ventana porque tenía mucho calor (aunque hacía muchísimo frío) y no me acuerdo de nada más. Cuando volví a abrir un ojo estaba en la puerta del Clínicas con el pobre pibe tratando de hacerme reaccionar (habremos hecho 6 cuadras en el taxi, estábamos cerca, todo fue en cuestión de segundos). Con la poca fuerza que tenía y agarrada casi en peso muerto al flaco, empezamos a subir la escalera (más larga del mundo) para entrar. Ahí empecé a sentir más frío del que hacía de la cintura para abajo, y como ya anticipé la temática de la anécdota, se podrán imaginar lo que había pasado. Nunca en la vida, en ninguno de tantos desmayos me había pasado eso. Efectivamente, y en criollo, me había meado encima. Por suerte tenía puesto un pantalón negro y se disimulaba bastante bien (o eso es lo que yo elegí creer), lo que no sé si se disimuló bien fue mi intención de que este pibe se fuera. Me atendió una médica en la guardia y le pidió al flaco si me podía ir a comprar una Gatorade a un kiosco. Se fue y aproveché para contarle a la médica que me había fallado la vejiga, ya pensando que era gravísimo y para nada normal que me pasara eso a los 24 años. Me contestó que “estando inconciente uno no controla esfínteres, hay gente que incluso se caga” (textual). No sé si pretendía consolarme de una manera muy particular, si me tendría que haber alegrado al respecto o qué pero por lo menos se me pasó el susto. Hasta que volvió el chabón con la Gatorade. “DEJÁ, ANDÁ, YA ESTOY BIEN”, pero el pibe no se iba a ir ni a palos. Cuando salimos eran más de las 6 de la mañana, ya había sol, no sabía cómo estaría dándole la luz a mi pantalón y todo era paranoia. Cuando llegamos a mi casa, me miraba desde la puerta de vidrio del edificio mientras yo esperaba el ascensor adentro y me acuerdo que pensaba que la luz de la entrada era una mierda y seguro me estaba dejando re en evidencia.
La cuestión es que al pibe lo volví a ver unas cuantas veces más y todavía no sé si se dio cuenta o no. Nunca me dijo nada pero quizás se ríe de mí todos los días de su vida, quién sabe!

Anónimo dijo...

La verdad es que tuve que hacer mucho esfuerzo para recordar una anécdota vergonzosa, al menos muuuy vergonzosa. Me caí mil veces, hable muy seria con un verde en el diente infinitas veces, mande mensajes a personas equivocadas, etc. De esas, me mando muchas! Pero creo que la peor fue cuando era chica (creo que tenía 10 años) y un compañerito de la escuela que me gustaba me dijo que tenía un piojo en la cabeza... y era verdad! De chica era una lucha constante con los piojos porque tengo mucho pelo y había que pasarme el peine fino todas las noches, aún así, seguía con piojos.... Por suerte, es cosa del pasado, pero sólo pensar en esta historia y ya me pica la cabeza!!!! Creo que quedé traumada :s

Anónimo dijo...

Hace 7 años (promediabamos los 17/18 años), estábamos en el cumpleaños de un amigo. Al lado de la casa de mi amigo, vivía una chica, la cual estaba explicitamente enamorada de uno de los chicos, al punto de que podría considerarse un acoso. En un momento de la noche, salimos a comprar alcohol y pasamos por el frente de la casa de esta chica. Uno de mis amigos no tuvo mejor idea que gritar su nombre seguido de (en un lenguaje mas vulgar) un pedido de sexo oral, por lo que tuvimos que correr hasta la esquina.
Despues de eso, seguimos caminando y a las dos cuadras nos cruza una camioneta y se baja un señor con un cuchillo gigante a corrernos por todo el barrio; era el padre de la chica!!!
Terminamos la noche escapando de él y yendo más tarde a pedir disculpas a la casa.

Anónimo dijo...

Ya siento vergüenza y todavía no conté nada.
Bueno, había ido a cambiarle unos pesos por unos reales a un chico que conozco de mi pueblo, que trabaja por Microcentro. Cerca de ese lugar, también trabajaba una amiga. Cuando llegué al edificio donde este pibe está trabajando, subí por el ascensor y le comuniqué por un mensaje de texto que estaba en la puerta de su oficina. El vino, me recibió y le di los pesos a cambio de que me traiga reales. Se fue y me quedé esperando en la recepción. Mientras estaba esperando que vuelva, saqué el teléfono y le escribí a mi amiga: "Estoy a la vuelta de tu trabajo. Vine a buscar reales al trabajo de Facundo. Está divino el pibe, en un tiempo salió con Manu". Dejé el cel y seguí esperando. Pasaron un minutos y me resultaba raro que mi amiga no me haya contestado, entonces volví a agarrar el teléfono y ahí me di cuenta el pequeño error que había cometido: el mensaje se lo había enviado al chico que estaba esperando, y no a mi amiga. Automáticamente, decidí apagar el teléfono, porque el mensaje todavía no aparecía como entregado y yo sentía que de esa manera algo mágico iba a pasar y nunca le iba a llegar. A todo esto, empecé a ponerme colorada porque el pibe ya estaría por venir y a su vez intenté concertarme para tranquilizarme. El pibe vino, nadie dijo nada, me dio los reales y me fui.
Salí del edificio muriendo de risa y a su vez gritando cómo podía ser tan pelotuda!

Lo peor de todo fue que al tiempo me enteré que el mensaje no solo le había llegado al pibe, sino que lo había visto antes de volver a darme los reales. Y lo peor, me había visto "media desesperada" apagando el teléfono. Desde ese día, me lo volví a cruzar varias veces no solamente acá, sino en mi pueblo. Claro esto que ya no puedo ni saludarlo.

Anónimo dijo...

Se me ocurren varias cosas vergonzosas que me han pasado ( tanto escatológicas como caídas y desnudos en vía publica) pero voy a contarles una reciente. Era el día de la mujer y ,como trabajo en atención al público, cada persona que ingresaba me deseaba un "feliz día de la mujer". Con el correr de las horas, mi respuesta se volvió automática: "gracias o gracias, igualmente".
Llegado casi el final de día, ingresa uno de mis directivos que es homosexual y, como era de esperarse, me deseo un feliz día de la mujer. Mi respuesta fue automática: "Gracias, igualmente" y al darme cuenta enseguida de lo que había hecho me puse bordó. Tenia a todos mis compañeros riéndose. Hasta temí por mi trabajo, pero por suerte se lo tomó para bien y me tranquilizó con un "Naaa,yo ya estoy grande para esas cosas".
Mi mente me había jugado una mala pasada.
Ahora cuando lo veo llegar, trato de ir al baño para no tener que saludarlo y recordar esa vergonzosa situación.

Anónimo dijo...

Vengo a contar mi historia, un poco tarde. Me reconozco fanática de Rodrigo Palacio, cuando tenia 14 años me la pasaba yendo a los entrenamientos de Boca a verlo. Un día se fue con el auto de otro jugador, el cual sabíamos que no iba a frenar. Decidimos con mi mamá perseguirlo con el auto cual película. Sin embargo, esa no es la parte vergonzosa, resulta que cuando veo que frena el auto en frente de su casa intento bajar, pero el auto todavía estaba en movimiento, y como era de esperar, me caí al suelo con el cuaderno y la cámara de fotos, mientras Palacio, el amor de mi vida en ese entonces, me miraba. Morí de vergüenza y me levante lo mas rápido que pude, pero cuando llegue a él me dice. Te caíste, estas bien? Mi cuerpo lo estaba, pero mi cara bordo no decía lo mismo.

Anónimo dijo...

Vergüenza. Pienso en este tópico y se me vienen mil imágenes a la cabeza. Creo que hubo ciertos períodos de mi vida en los cuales este sentimiento era prácticamente algo cotidiano; en algún momento del día sentía ese sutil escalofrío o las mejillas sonrojándose casi al borde del incendio. Pero quizás es el tiempo el que atenúa un poco la mirada de los otros, convirtiéndola en algo más tolerable, menos amenazante, y esto reduce bastante esa sensación de espanto. En fin, nos volvemos un poco más irreverentes, sinvergüenzas, cara-rotas…
Como el repertorio es bien amplio, sospecho que no estoy haciendo la mejor elección de episodio, pero el asunto fue más o menos el siguiente. Venía bastante pensativa caminando por una callecita de Flores y a punto de cruzar una avenida, cuando un estímulo externo me sacó de ese letargo en el que permanecía sumergida. Del otro lado de la vereda, al borde del cordón, un rostro familiar. ¡Fede! Un compañero del secundario. ¡Sí, es él!, ¡debe ser él! O es muy parecido. No, tiene que ser él. Está un poco cambiado, pero me parece que es él. ¿Es o no es? El color de pelo es el mismo, la forma de pararse también, y es bastante probable que ande por esta zona.
El dato clave para entender este relato es que, sin lentes, prácticamente no logro ver ni siquiera un mastodonte en mis narices, y como desde que me recetaron anteojos a los 6 años sigo empeñada en no usarlos en la calle (puro capricho), no podía estar segura de que el pibe fuese quien yo creía que era. Esperé a que cambiaran las luces del semáforo y durante esos segundos eternos me debatí entre el sí y el no. La cuestión es que si no resolvía el dilema antes del verde, me quedaban dos opciones: a) no lo miraba, me hacía la estúpida y corría el riesgo de quedar pésimo o b) me arriesgaba y lo encaraba para saludarlo.
Casi convencida de que se trataba de mi ex compañero, bajé decidida a la senda peatonal y di una buena cantidad de pasos entre la multitud de peatones, al tiempo que alzaba mi mano en el aire intentando establecer contacto visual con el susodicho. La gente que iba y venía por la avenida me impedía acercarme para asegurarme de que efectivamente fuese él, pero yo inexplicablemente seguía con la mano levantada y una sonrisa estúpida, de esas que uno pone cuando ve a alguien conocido en medio de la vía pública. Así, llegó el momento del cruce y —casi con terror— comprobé que este tipo era un perfecto desconocido. Pero por supuesto ya había agitado los deditos de manera infantil, me había estancado en plena avenida y había lanzado a viva voz: ¡Fede! El pibe me miró con extrañeza y quizás con cierto recelo, sin entender muy bien el grotesco de esta escena, y los que venían detrás de mí empezaron a bufar y a pisarme los talones.
¿Qué era lo que tenía que hacer? Nada. Bajar la mano, levantar la cabeza y seguir caminando como si nada hubiese ocurrido. ¿A quién iba a explicarle esa confusión?, ¿a quién podría importarle, después de todo? La gente sólo quería esquivar a la idiota que se había plantado en el medio de la calle para poder llegar a tiempo a su oficina. La cuestión es que para mí fue un momento muy vergonzoso, porque uno tiende a magnificar estos momentos, extremando el impacto. Desde aquel día, frente a la más mínima duda, elijo no saludar a nadie de lejos.